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Opinión

El discurso de odio y las fantasías fascistas
Por: María Belén Luna Sanz

LAS OPINIONES EXPRESADAS POR LOS COLABORADORES SON PROPIAS Y NO LA OPINIÓN DE KANDIRE
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Hace varios años que se habla mucho del ‘discurso de odio’. Lo cierto es que a pesar de que su raíz se considera en Estados Unidos por el año 1985 cuando se dieron un conjunto de crímenes de odio, hoy salen necesariamente de acción y se centran en el discurso (expresión). Hasta hoy, ni siquiera los organismos internacionales típicos a los que podríamos recurrir para una definición homogénea, tienen acuerdo de cuál es su definición. Así, el discurso de odio es una palabra tramposa porque muchas personas lo han relacionado únicamente con el significado coloquial de odio que se centra en la aversión o el sentimiento. Pero su significado debe entenderse necesariamente en un contexto que reconoce los desbalances de poder en la sociedad que afecta históricamente de manera negativa a ciertos grupos. Es decir que por más odioso que resulte un comentario de mal gusto de alguien, no se configura intrínsecamente como discurso de odio si es que no es reflejo de este desbalance de poder y, por ende, representativo de la violencia sistémica contra un grupo vulnerable.

Sin embargo, la mala interpretación de este concepto ha llevado a una suerte de censura de todo discurso que no se considera apropiado catalogándolo como discurso de odio así no cuente con las características mencionadas. Así, la nebulosa conceptual con la que muchas veces nos referimos cuando entendemos términos de manera coloquial, ha generado un silenciador que, en lugar de crear un ambiente más justo y equilibrado, causa el efecto contrario.



Y aquí nos volvemos a encontrar con el mismo dilema: ¿entonces qué es el discurso de odio? El problema con esto es que, en muchos marcos normativos de otros países, ciertas características personales protegidas eran un acuerdo hasta hace unos años. Raza, sexo, orientación sexual, discapacidad. Sin embargo, algunos incluyeron una frase que ha hecho que esto se complejice aún más: ‘cualquier otra que atente la dignidad humana’. Si bien podemos festejar esto como un avance combatiendo la no-discriminación, esta frase torna el objetivo mismo redundante, al perderse el contenido afirmativo. Es decir, si ya no son únicamente los grupos históricamente excluidos y vulnerables los que son sujetos de protección específica, cualquier discurso que pueda ser manipulado como un atentado a la dignidad humana puede ser objeto de silenciamiento colectivo. Y el espacio digital y la internet, no están exentos de este fenómeno. Miles (y si eres famoso, millones) de cuentas se agolpan esperando su momento para agredir o ‘cancelar’ personas que expresan su opinión. Y el punto no está en si considero que sus opiniones son válidas o estoy de acuerdo con ellas, sino en que eso es irrelevante mientras esta no sean discursos de odio. E incluso al tratarse de discursos de odio, la censura que deriva de este linchamiento digital no garantiza que los prejuicios y la discriminación hayan dejado de existir o ser difundidos por otros canales.

Mi objetivo con esta columna contestaria es llamarnos a recordar la importancia de priorizar el objetivo que respalda el reconocimiento de un discurso de odio antes de llenarnos de buenas intenciones. Si fallamos en hacerlo, nos encontramos con este tipo de contradicciones que juega en contra de los grupos históricamente excluidos y beneficia al silenciamiento, censura y por extensión, al fascismo que buscamos combatir.