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Opinión

Huellas digitales en las dinamitas de Oruro
Por: Álvaro Puente

LAS OPINIONES EXPRESADAS POR LOS COLABORADORES SON PROPIAS Y NO LA OPINIÓN DE KANDIRE
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En los últimos meses el país ha escuchado incrédulo los discursos del vicepresidente. Le brota el odio por los poros. Una sed insaciable de venganza lo empuja a reclutar vengadores apocalípticos. En la inauguración de una escuela o presidiendo una asamblea de cualquier organización social, con adultos o con niños, el interminable discurso restriega todas las heridas reales o inventadas hasta hacerlas sangrar. Señala a todos como culpables para que la saña sea infinita, para que el dolor no se extinga. Pide fuego. Llama a la guerra. Exige sangre y muerte. Siempre mostró obsesión por la violencia, pero desde que se saben minoría la idea de convertir en guerreros implacables a sus últimos seguidores se ha hecho desesperación. Necesita conformar un ejército temible. Inyecta odio para que venguen la derrota que no puede aceptar. Quiere que arda todo, que no vuelva la paz, que alguien mate a la sociedad entera que se les aleja desengañada, que en adelante nadie pueda vivir tranquilo.

 

A eso se suma un exministro que antes de saber qué pasó con las garrafas de Oruro, sin haber visto nada, apunta acusador a los mismos enemigos del vicepresidente odiador. No espera a saber nada. No necesita conocer lo que ha sucedido porque no resiste la rabia de la soledad política. Acusa a todos los que pudieran estar al frente. Para ellos la derecha son todos y grita que la derecha ha dinamitado el carnaval patrimonio de la humanidad. Y ahí queda esperando que se propague el fuego del odio. No sabemos si al señor Moldiz le sale de adentro aprovechar el tumulto para calumniar o si su aparición es parte de una macabra estrategia, como aquella de la bomba en casa del Cardenal. La había enviado el gobierno para acusar de terrorismo a los que eran oposición.



 

En todas partes hay alguien que ha perdido la razón y es capaz de matar sin piedad a inocentes. Sería doloroso que alguno de ellos hubiera provocado las salvajes explosiones de Oruro, pero sería infinitamente más grave, sería inconcebible e inaceptable que las muertes y el dolor hubieran nacido de las manos y la mente de los que manejan el país. Sería terrible que el rencor que nos muestran fuera tan real y profundo como las criminales explosiones. Ojalá fuera una absurda acción del hampa. A pesar de lo que nos pudiera doler, sería mejor que aceptar que ha sido obra de los que se empeñan en mostrar al mundo que el odio y la muerte son su horizonte y su objetivo.

 

Han tirado a la cuneta la Constitución. Han torcido a todo un Tribunal Constitucional. Se han inventado un tratado internacional. Han botado a la basura la decisión de todo el país. Delitos que merecen cárcel, pero la siembra esmerada de odios y de guerras es más destructiva, pretende hacer más daño. Es lo que faltaba para destruir a la mismísima patria.